Mi Cuaderno de Masaje

Cómo usar el hongo de madera para masaje facial según mi experiencia

El monitor todavía tiene esa mancha de luz de costado y ya tengo el hongo de madera en la palma, buscando la sien izquierda. Esto de la maderoterapia facial en casa no tiene ceremonia: agarro el hongo y listo, sin pensarlo dos veces.

Llevo esto como bienestar y autocuidado de fin de semana, no como rutina de estética ni como plan de negocio. Antes de llegar al hongo hubo otra cosa, y esa otra cosa fue la que casi me hace dejar todo por la mitad.

El vaporizador de farmacia me dejó las mejillas rojas

Antes del hongo hubo un vaporizador facial, de esos que se consiguen en cualquier droguería de barrio. Prometía poros abiertos y relajación en minutos. Lo probé dos sábados seguidos. Las dos veces terminé con las mejillas rojas, como si me hubiera quedado al sol sin protector, y con una tirantez rara que duraba horas.

Quedó guardado en el placard del baño, juntando polvo. Fue el primer "esto no me sirve" de la lista, y no el único, aunque los demás los cuento en otra nota.

Las ventajas del hongo sobre el vaporizador

El vapor calienta la piel desde afuera y el efecto se nota enseguida, pero se apaga rápido. El hongo empuja algo que está más adentro, más lento y menos vistoso al principio. En el masaje facial en general, el peso de la herramienta importa más de lo que pensaba cuando recién cambié de una cosa a la otra.

La presión correcta con el hongo es otro tema, uno que dejé casi resuelto a fuerza de marcas en el pómulo que no quería repetir. Esa cuenta la llevo aparte, en otro lado.

El rodillo estriado tampoco es lo mismo que el hongo, aunque los dos terminan guardados en la misma bolsita de tela sobre el escritorio. Esa diferencia da para una nota entera, así que acá la dejo solo mencionada.

Si la piel se pone roja y no baja después de un rato, o si hay rosácea de por medio, ahí freno directamente y lo consulto con una dermatóloga. No es terreno para insistir por cuenta propia, ni con el hongo ni con nada parecido.

Hongo de madera de cinco centímetros para maderoterapia facial, visto de cerca.

Compro el aceite de almendras en el Mercado Central

El aceite de almendras lo compro suelto en un puesto del Mercado Central de Mendoza, en un frasco que reutilizo hasta que se raja. No sé si es el mejor aceite que existe para esto (ese debate se lo dejo a quien quiera darlo), pero es el que siempre tengo a mano y el que ya asocio al ritual completo.

Aceite de almendras tibio listo para el masaje facial con hongo de madera.

Cuando el aceite se estira demasiado fino, el hongo empieza a tironear la piel en vez de deslizarse. Se nota enseguida: un arrastre seco que no tiene nada que ver con el recorrido parejo de cuando hay suficiente aceite.

Suena El Mató a un Motorista Galáctico de fondo, siempre la misma playlist. Es la señal de que arrancó el rato de la semana que es solo mío.

Teléfono con música indie argentina junto al set de maderoterapia facial.

Me lavo la cara al terminar y el agua baja distinto sobre la sien izquierda, más pareja, como si esa zona hubiera perdido algo de resistencia. No sé si es la piel o es que ya conozco el mapa de mi propia cara mejor que antes.

El hongo de madera cambia según cuántas veces por semana lo uso

Usé el hongo todos los días durante una temporada, casi como si fuera lavarme los dientes. La cara terminó más hinchada, no menos, y la mandíbula más pesada a la mañana.

Ahora lo dejo en dos o tres veces por semana, nunca más que eso. El sábado es fijo. El miércoles entra si la semana viene cargada de pantalla — esa tensión que deja el monitor da para otra nota aparte, no la abro acá.

Después de cada sesión, el hongo se limpia con un paño seco. Nada de agua, la madera de urapán la rechaza. La limpieza a fondo, con más detalle, también la dejo para otro momento.

Tampoco elegí la urapán por ser mejor madera que otras — vino con el primer set que compré y me quedé con ella. Comparar maderas es una nota que todavía le debo al sitio.

Cajón con el hongo de madera y herramientas de maderoterapia guardados tras el uso.

Leandro, Evangelina y las preguntas del pasillo

Subí una historia con el hongo hace poco y Leandro Tobares comentó, cosa rara en él: solo abre la boca si se lo preguntan directo, y esta vez fui yo la que preguntó qué le parecía la madera. Dijo que se veía sólida. Nada más.

Evangelina, la vecina del quinto, me para en el ascensor con la misma pregunta de siempre: si eso sirve para algo. Nunca se sentó a mirar un tutorial entero en su vida, así que le explico poco y despacio, y ella asiente como si alcanzara.

El curso de Hotmart que compré para entender mejor el hongo quedó en el módulo tres, cuando empezó a hablar de anatomía más profunda y me ganó la pereza del fin de semana. El cruce entre cursos de maderoterapia facial online frente a tutoriales gratis lo pensé bastante esa vez, y ahí quedó anotado con más calma que acá.

Si todavía se te mezclan los nombres de los palos, tengo armado un glosario de palos y herramientas faciales de maderoterapia donde separo qué herramienta va con cada zona de la cara, sin meterme en eso acá. Tiene que ver también con el drenaje linfático, algo que se mueve mejor con roce suave que con fuerza, sin necesidad de entrar en más detalle.

Cómo elegir entre el hongo y el vaporizador

El perro se cruza justo cuando estoy por el otro lado de la cara y se tira a mis pies, ajeno a todo este balance entre vaporizadores y hongos de madera.

Elijo el vaporizador — o algo parecido, porque el mío terminó en el placard — cuando necesito un resultado inmediato, aunque sepa que se va a apagar rápido. Elijo el hongo cuando tengo el sábado entero por delante y prefiero un efecto que se queda más allá de esa tarde, aunque tarde más en notarse.

Ninguno de los dos me dejó las sienes más lisas para siempre ni la cara de una modelo de Instagram. Pero uno terminó en el placard juntando polvo y el otro sigue en el cajón, con el aceite de almendras al lado, listo para el próximo sábado.

Nota: Todo lo que comparto aquí proviene de mi propia experiencia e investigación personal. Nada de esto debe tomarse como consejo médico, financiero o legal. Habla con un profesional cualificado antes de actuar basándote en lo que lees aquí.

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